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(52) Nuevas iglesias. El Vaticano desaprueba a los obispos italianos
Pubblicato il 14-02-2011 di Sandro Magister
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En "L'Osservatore Romano" el cardenal Ravasi y el "arquitecto star" Paolo Portoghesi critican las nuevas construcciones sagradas hechas en Italia con el patrocinio de la conferencia episcopal. Porque rompen con la tradición y deforman la liturgia. Un comentario de Timothy Verdon

 
 
 
 
  
 
ROMA, 14 de febrero del 2011 – Las tres imágenes juntas arriba representan un particular de la puerta de madera de la basílica romana de Santa Sabina, del siglo V; otra el interior de la iglesia de San Esteban Rotondo en Roma, también del siglo V; y la otra el boceto de una iglesia inaugurada en Milán en 1981, la parroquia de Dios Padre.
La pregunta obligatoria es: ¿los edificios modernos como el tercero de arriba están en continuidad con la tradición arquitectónica, litúrgica y teológica de la Iglesia o rompen con ella?
Diferentes iglesias modernas están construidas en forma circular. Así como el círculo el que caracteriza los dos ejemplos antiguos de arte sacra reproducidos arriba. ¿Pero es suficiente esto para garantizar la continuidad con la tradición?
¿O bastan los criterios estéticos para juzgar la calidad de una nueva iglesia?
En el inicio de este año, en Roma y en Italia la polémica es explosiva y viva. Y no solamente entre los grandes especialistas. Ha entrado en escena "L'Osservatore Romano", el diario de la Santa Sede, que en repetidas intervenciones ha criticado severamente algunos de los más celebrados ejemplos de una nueva arquitectura sacra patrocinados por el episcopado italiano.
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Comenzó el cardenal Gianfranco Ravasi, presidente del pontificio consejo para la cultura, con una "lectio magistralis" en la facultad de arquitectura de la universidad "La Sapienza" de Roma reproducida completa por el diario vaticano del 17-18 de enero.
Ravasi ha dado la estocada a las iglesias modernas "en las cuales uno se encuentra perdido como en una sala para congresos, distraídos como en un coliseo de deporte, apretados como en un gimnasio cerrado, embrutecidos como en una casa pretensiosa y vulgar".
Ningún nombre. Pero el 20 de enero, de nuevo en "L'Osservatore Romano", el arquitecto Paolo Portoghesi ha puesto explícitamente en la mira las tres iglesias ganadoras del concurso nacional organizado por la conferencia episcopal italiana en el 2000, realizadas en Foligno por Massimiliano Fuksas, en Catanzaro por Alejandro Pizzolato y en Modena por Mauro Galantino.
Portoghesi es él mismo un "arquitecto star" de fama mundial: la Gran Mezquita de Roma lleva su firma. Desde hace tiempo critica algunas de las nuevas iglesias construidas por arquitectos aclamados, con la venia de la jerarquía. Entre las más famosas y discutidas se pueden citar la de Renzo Piano en San Giovanni Rotondo, sobre la tumba del Padre Pío, y la de Richard Meier en el distrito romano de Tor Tre Teste.
Esta vez, en "L'Osservatore Romano", Portoghesi se las toma sobre todo con la iglesia de Jesús Redentor en Modena, ideada por Galantino. Le reconoce sus cualidades estéticas, la armonía de los volúmenes, la limpieza racionalista. Reconoce también la intención del arquitecto de "dar mayor dinamismo al evento litúrgico".
Pero luego pregunta: "¿Donde están las santas señas que hacen reconocibles a la iglesia?". Exteriormente - observa - ninguno, aparte de las campanas, "que sin embargo podrían encontrarse también en un municipio". Mientras que en el interior "el rol iconológico está confiado a un 'huerto de los olivos' ordenado detrás del altar en un exiguo patiecito y a las 'aguas del Jordán' reducidas a un canalito de aguas estancadas estrecho entre dos muros que termina en el baptisterio".
Pero lo peor, a juicio de Portoghesi, se da durante la celebración de la misa:
"La comunidad de los fieles está dividida en dos grupos opuestos que tienen al centro un gran vacío a cuyos extremos se colocan el altar y el ambón. Los dos grupos opuestos y el vagar de los celebrantes entre los dos polos ponen en crisis no sólo la tradicional unidad de la comunidad orante sino también la que ha sido la gran conquista del Concilio Vaticano II, la imagen de asamblea del pueblo de Dios en camino. ¿Por qué se miran cara a cara? ¿Por qué no se mira, juntos, hacia los lugares fundamentales de la liturgia y la imagen de Cristo? ¿Por qué los lugares de la liturgia, el altar y el ambón, están puestos uno frente al otro en vez de estar uno al lado del otro? Aprisionados en las bancas, divididos en sectores como las cohortes de un ejército, los fieles son obligados, permaneciendo inmóviles, a cambiar la dirección de la mirada ahora a la derecha, ahora a la izquierda. La figura del Crucificado está colocada de la parte del altar y en correspondencia con el grupo de la izquierda, con la inevitable consecuencia de no ser alcanzable por la mirada de muchos de los fieles sino bajo el riesgo de sufrir una torcedura de cuello.
Portoghesi cita frases de Benedicto XVI y continua así:
"Es de esperarse que estas puntuales intervenciones de la cátedra de san Pedro hagan entender a liturgistas y arquitectos que la re-evangelización para también a través de las iglesias con la "i" minúscula y requiere ciertamente el esfuerzo creativo de la innovación, pero también una atenta consideración de la tradición, que no siempre ha sido pura conservación, sino entrega de una heredad que hay que poner a dar fruto"
Y concluye:
"La nueva iglesia de Modena es la demostración patente del hecho de que la calidad estética de la arquitectura no basta para hacer de un espacio una auténtica iglesia, un lugar en el cual los fieles sean ayudados a sentirse piedras vivas de un templo del cual Cristo es la piedra angular".

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A estas críticas replicaron en el "Corriere della Sera" del 8 de febrero, tanto el arquitecto Galantino, como el obispo Ernesto Mandara, responsable de las nuevas iglesias en la diócesis de Roma.
Galantino defendió sus propias decisiones arquitectónicas, sosteniendo haber querido disponer a los fieles "como en torno a la mesa, reconstruyendo idealmente la última cena". Y recordó haber madurado sus reflexiones en los años ochenta en Milán, con el cardenal Carlo María Martini.
(Entre paréntesis. La iglesia de Milán en la ilustración arriba en esta página es uno de los productos de aquel clima. Proyectada por los arquitectos Giancarlo Ragazzi y Giuseppe Marvelli, fue declaradamente concebida como "lugar de encuentro y de oración para los creyentes de todas las religiones", carente de signos específicos en el exterior y en el interior. Su aula puede ser dividida con paredes móviles en tres compartimentos: el central para los ritos católicos y los dos laterales pensados para judíos y musulmanes. El actual párroco con esfuerzo está volviendo a dar a la iglesia un uso íntegramente católico, con dos cruces en el exterior, con vitrales e imágenes cristianas dentro y con un gran Cristo en cruz sobre el altar).
También el obispo Mandara defendió sus acciones y las de la conferencia episcopal italiana:
"Probablemente si miramos al pasado encontramos ejemplos de construcciones no logradas que dan razón al cardenal Ravasi, pero estoy profundamente satisfecho de los resultados de los últimos años. Las iglesias construidas expresan muy bien tanto el sentido de lo sagrado como el de la acogida".
El 9 de febrero "L'Osservatore Romano" reprodujo ambas declaraciones, la de Galantino y la de Mandara. Y ha vuelto a dar la palabra a Portoghesi, el cual dijo:
"Después del Concilio hubo muchas fugas de allí en adelante, en diferentes direcciones. La iglesia ha perdido especificidad, se ha convertido en un edificio como los otros. La capacidad de reconocerlo, en cambio, es un hecho fundamental, una etapa de aquella recristianización del occidente de la cual habla el Papa. En cuanto la orientación de la plegaria litúrgica, el pueblo de Dios en camino hacia la salvación no puede ser estático, se mueve hacia una dirección; la idea sería orientar la iglesia al este, donde el sol nace. No debemos tener miedo de aquella modernidad que la Iglesia misma ha contribuido a crear, cada generación tiene el deber de releer los contenidos del pasado, siempre considerando la tradición como un elemento de fuerza del cual nutrirse".
No sólo eso. El 9 y el 10 de febrero "L'Osservatore Romano" volvió sobre el tema con dos muy entendidas intervenciones de sendos expertos, ambas orientadas a mostrar los caracteres distintivos de la tradición arquitectónica de las iglesias cristianas.
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El primero es de Maria Antonietta Crippa, profesora ordinaria de arquitectura en el Politécnico de Milán.
Ella muestra como la preeminencia dada a la arquitectura cristiana en las iglesias en forma de cruz latina se inspira tanto en el clasicismo (Vitruvio con la analogía entra las proporciones del cuerpo y del tiempo) como —sobre todo— en la visión de la Iglesia como cuerpo de Cristo, y de Cristo crucificado.
Pero junto al cuadrado, también el círculo entra en esta tradición arquitectónica. Según los autores medievales, las iglesias cristianas "tienen forma de cruz para mostrar que el pueblo cristiano está crucificado para el mundo; o de círculo para simbolizar la eternidad".
O también de cruz y de círculo conjuntamente. Como ocurrió en el siglo XVI con la prolongación de la nave de la nueva basílica de San Pedro, inicialmente en planta central en el proyecto de Miguel Ángel.
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La segunda y aún más importante intervención, en "L'Osservatore Romano" del10 de febrero, es de Timothy Verdon, estadounidense, historiador del arte y sacerdote, profesor en Princeton y director de la oficina para el arte sacra de la arquidiócesis de Florencia.
Su artículo se reproduce completo más abajo. Y muestra cómo las primeras grandes iglesias en Roma fueron construidas, en el siglo IV, precisamente asumiendo en clave cristiana dos modelos de arquitectura clásica: el longitudinal de la basílica y el circular, en planta central.
En Jerusalén, la iglesia del Santo Sepulcro edificada por el emperador Constantino asocia ambos modelos. Pero también en Roma la primera gran iglesia en planta central, la de San Esteban Rotondo del siglo V —cuyo interior se puede ver en la ilustración arriba en esta página— surge dentro de un gran patio rectangular.
En todo caso, las iglesias en planta central no están privadas de orientación, ni tanto menos hace que la asamblea de los fieles se repliegue sobre sí misma. Los fieles entran allí como en un camino de iniciación, hasta la columna de luz que está al centro del edificio y que es Cristo "lux mundi".
Ese Cristo que en el contemporáneo portal de Santa Sabina —véase la ilustración— aparece al centro del círculo celeste y recibe la oración "orientada" de la mujer que está debajo de él, la Iglesia coronada como su esposa.
Ésta es la gran tradición arquitectónica, litúrgica y teológica de las iglesias cristianas. De ayer, de hoy y de siempre.

di Sandro Magister

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