Oración

Anunciamos que la oración no se compone de palabras, gestos, rituales. Anunciamos que la oración es una relación de amor entre Dios y el hombre, un puente entre el cielo y la tierra. Busquemos al amado siempre. No vivamos para otros sino que solo para él. Que Él llene nuestros días y nuestras noches y siempre estemos atentos en la espera de su venida. ¡Sea la oración una fiesta! Vivamos como los Ángeles, que cantan el Hosanna en el cielo delante de Dios.
No dejemos nunca de orar, porque Dios nunca deja de amarnos y comunicarse con nosotros, y,  en la medida de que oramos, Él vivirá su relación de amor con nosotros.

Pedimos el amor al Amante, pidamosle con gemidos y lágrimas porque solo en Él se realiza en la plenitud de nuestras vidas. Pidamos y se nos dará una medida “llena, desbordante”. Pidamos el pan y la vida, la gracia para servir a Él y la fe, el arrepentimiento y el perdón. PidámosLe todo porque nada nos pertenece, sino que todo es un regalo. Oremos por aquellos que no oran y ofrecemos nuestra vida diaria para la conversión de nuestro corazón y para la de cada hombre. Oremos por la iglesia y con la iglesia. Oremos para que nuestra vida se convierte en oración

Todos los miembros de la fraternidad, tanto consagrados como cercanos al espíritu franciscano, hagan todo lo posible para participar cada día en el sacrificio eucarístico, recibir el Cuerpo Santo de Cristo y adorar al Señor presente en el Sacramento. Atiendan en la lectura de la Sagrada Escritura, a la oración mental, a la digna celebración de la liturgia de las Horas y otros ejercicios de piedad requeridas por la vida y el espíritu de la fraternidad. Honren con culto especial, también con la práctica del Rosario, a María, la Virgen Madre de Dios, modelo, patrona y guía de la vida consagrada.

El eremitorio es la Palabra de Dios. – “La palabra de Dios debemos escuchar con alegría, acogerla con devoción, custodiar con cuidado… y no se debe escuchar como palabra de hombres, sino como es realmente, palabra de Dios, sea que nos consuele, sino incluso que nos reprende” (San Bernardo)

Amemos la palabra de Dios, meditemosla en nuestro corazón, hagamos de ella el centro de nuestra oración y nuestra vida. Amemos especialmente la lectura del Santo Evangelio, intentando día tras  día conformarnos a Cristo; y como el Señor nos enseñó con su vida, así lo predicamos con la nuestra.

 

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