II Domingo de Cuaresma (B)

Mc 9, 2-10

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

No sabía qué decir, pues estaban asustados.

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

«Este es mi Hijo, el amado; escuchadlo».

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

Cuando bajaban del monte, les ordenó que contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Esto se les quedó grabado, y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos.

 

El Evangelio de hoy nos habla de una experiencia mística que incluyó a Pedro, Santiago y Juan; se inserta en el viaje de Jesús con los Doce a Jerusalén, donde completaría su misión a través de su pasión, muerte y resurrección. Este relato de la transfiguración está precedido por la profesión de fe de Pedro: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29) y desde allí Pedro recibe el mandato de Jesús según la historia paralela del evangelista Mateo: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra Yo edificaré mi iglesia» (Mt 16,18). El relato  continúa con el primer anuncio de la pasión donde Pedro vacila con la intención de defender a Jesús. La siguiente enseñanza surge sobre las condiciones del discipulado: perder la vida por Jesús y por el Evangelio, negarse a sí mismo, cargar con la cruz y seguir Sus pasos. Un mensaje fuerte y difícil de recibir …

Después de esta larga pero fundamental presentación, este es el día en que Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan para que suban con Él a la montaña. ¿Por qué ellos? ¿Por qué solo ellos? Si los Doce eran un grupo muy unido, ¿no podrían haber vivido juntos este momento de revelación y gloria así como vivían juntos todos los otros momentos hermosos y difíciles de su camino hasta entonces? A primera vista, esta situación puede parecer una injusticia por parte de Jesucristo hacia el resto de los apóstoles y puede parecer que haya algunas preferencias en el corazón de Jesús. Intentamos responder a cada una de las preguntas que nos hicimos a nosotros mismos una por vez.

 ¿Por qué ellos?

Como ya se mostró en la larga introducción anterior, Pedro recibió de Jesús una misión de gran responsabilidad («Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia» (Mt 16,18)) y de él dependerá la vida de la Iglesia de todos los siglos por lo cual debe tener fundamentos sólidos, de certezas para que no vacilen en el momento de la prueba y sean de apoyo, de ayuda para otros. Juan y Santiago, los hermanitos muy jóvenes, especialmente Juan, que juntos tuvieron el valor de dejar a su padre y sus redes y seguir a Jesús. Ellos son los más tiernos y quizás los más frágiles; aún no han tenido tiempo para fortalecerse con las experiencias de la vida y han dejado todo y han depositado toda su confianza en Jesús. La persecución y el duro martirio de Jesús hubieran sido una causa de pérdida para ellos si no hubiesen tenido la certeza de que detrás de esa humanidad había un misterio mucho más grande y arcano.

¿Por qué solo a ellos?

Nosotros tendemos a ver esta experiencia mística como un regalo, una recompensa, un privilegio y de verdad lo es, pero descuidamos que todo en la vida tiene un precio. Vivir una experiencia de este tipo aleja la persona de la realidad presente, trastorna … y para esto fue una experiencia corta pero muy intensa. De las palabras de Pedro vemos cómo a él le causó una desorientación de la realidad: «Maestro, es bueno para nosotros estar aquí; Hagamos tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elías «. Pedro ha perdido la noción del tiempo, ha olvidado que hay otros nueve compañeros esperándolos, ha olvidado la misión que están llevando a cabo en el mundo, el porqué habían llegado hasta allí. Sin embargo, fue Pedro quien fue a buscar a Jesús cuando se había retirado a orar y la gente lo estaba buscando, como para recordarle a Jesús que estaban allí para las ovejas sin pastor y necesitadas. Ahora, Pedro no sabe qué decir entre miedo y asombro, pero Jesús los devuelve a la realidad, descienden de la montaña y continúan su misión hacia Jerusalén. Está prohibido hablar con otros sobre esta experiencia hasta el día de su resurrección. Qué difícil es mantener un secreto sobre algo que no se comprende bien y que debemos compartir para encontrar respuestas y unir fuerzas.

Una mística escribió en su diario la dificultad de regresar a la vida cotidiana después de haber vivido experiencias místicas. Como si la rutina de la vida ya no fuera lo bastante, como si la vida presente fuera aburrida después de la dulzura experimentada. Podemos hacer una comparación con lo que nos sucede al estar de pie bajo el sol…nos deslumbra la luz fuerte y luego, al entrar a una habitación, por un tiempo no podemos ver nada. Esto también sucede en la vida mística. Un regalo siempre tiene su coste. Por esta razón, Jesús no llama a todos en la montaña para vivir esta experiencia, no es útil, no es necesario, no tiene que cargar a todos con un peso que tal vez no podrían llevar. Tres testigos son suficientes (ver Mt 18,16; Dt 19,15) para apoyar la fe de todos a su debido tiempo.  

Jesús nos dio la oración para vivir una dimensión de unión íntima con lo divino. A través de la oración, podemos acceder a esta dimensión que no provoca una desviación de la realidad, sino que nos ayuda a vivir el presente de una manera especial, la comunión con Dios en el presente y la eternidad en la fugacidad de la vida material. La voz desde la nube nos muestra el camino: «Éste es mi Hijo amado; EscuchadLo”.

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